El aprendizaje a través de la experiencia: cuando la alegría abre la puerta del entendimiento

Marcelo —uno de los niños que acompaño junto a su mamá— se sacó un diente solito. Para muchos sería solo una anécdota más en la infancia.
Pero para mí, y para su mamá, fue una lección viva de cómo aprende el cerebro cuando se siente feliz.
Marcelo, como muchos niños con autismo, suele tener fluctuaciones en su nivel de atención y comprensión.
Pero ese día, después de su “gran logro”, su mamá notó algo distinto: Mientras hacían las tareas, él parecía tener mayor entendimiento. Y lo más bonito es que al día siguiente, camino a la escuela, seguía igual de integrado, conversando con más fluidez y comprendiendo mejor lo que pasaba a su alrededor.
¿Qué había cambiado?
Lo que había cambiado no era su capacidad, sino su estado neuroquímico.
Cuando un niño vive una experiencia placentera y significativa —como sentir orgullo o celebrar un logro— su cerebro libera una cascada de sustancias químicas que activan la neuroplasticidad: dopamina, oxitocina, serotonina, endorfinas. Estos son los verdaderos “neuroquímicos del aprendizaje”.
En neurociencia, sabemos que la dopamina es la molécula de la motivación.
Es la que le dice al cerebro: “esto importa, préstale atención”.
La oxitocina, es la hormona del vínculo y la confianza. Cuando está presente, el sistema nervioso se relaja, el miedo baja y la información fluye mejor hacia el hipocampo —la región cerebral que consolida los recuerdos y aprendizajes.
Las experiencias cargadas de placer, conexión y curiosidad abren una ventana temporal en la que el cerebro está más receptivo y flexible.
Los científicos lo llaman “ventana de plasticidad sináptica”; en el Método VIVO la llamamos “la ventana del alma”.
En esa hora mágica después de un momento de alegría genuina, el niño puede integrar conocimientos con más facilidad.
La experiencia como suplemento invisible
En inmunonutrición solemos hablar de suplementos: vitaminas, minerales, enzimas, cofactores.
Pero hay uno que nunca se vende en cápsulas: la experiencia.
Así como la CQ10 ayuda a que las células absorban mejor los nutrientes, la experiencia ayuda al cerebro a “absorber” el conocimiento.
Aprender no es acumular información, sino vivirla con emoción y sentido.
Cuando un niño experimenta algo con placer, el cuerpo entero participa.
El sistema inmune, el digestivo, el neurológico y el emocional trabajan en coherencia. Esa es la verdadera integración mente-cuerpo que buscamos en el Método VIVO.
La crianza, vista desde la psiconeuroinmunología, no es solo educar cerebros: es regular sistemas biológicos a través del amor, la nutrición y la experiencia.
En el Método VIVO trabajamos justamente ahí: en abrir esas ventanas internas donde ciencia y alma se encuentran, donde el placer se convierte en comprensión y el aprendizaje deja de ser un esfuerzo para volver a ser una experiencia viva.


