El juego como medicina invisible

Cuando mi hijo no hablaba, mi misión no fue enseñarle a jugar, sino recordarle cómo se sentía estar vivo.
Yo misma tuve que convertirme en su estímulo sensorial, su maestra de alegría, su espejo de entusiasmo.
Fui Blippi, fui cantante, fui exagerada, fui niña otra vez.
Y cada vez que él sonreía, el universo me confirmaba lo que la ciencia hoy demuestra: el placer y la conexión son estados inmunológicos protectores.
En términos de psiconeuroinmunología, el juego activa vías cerebrales que modulan la respuesta inflamatoria, equilibran el sistema nervioso y favorecen el aprendizaje.
Pero más allá del laboratorio, el juego es un lenguaje espiritual.
Es la forma en que el alma del niño reconoce que el mundo es un lugar seguro para habitar.
Jugar no es perder el tiempo
De adultos, olvidamos jugar porque creemos que es inútil.
Nos volvemos personajes: la madre responsable, la profesional, la emprendedora, la que tiene que mantener todo en orden.
Y en ese papel, se nos apaga la chispa.
Pero el cerebro del niño no aprende por obligación, aprende por imitación.
Por eso, cuando un niño ve a su madre reír, cantar, moverse, exagerar… no solo está observando, está encendiendo su propio sistema nervioso social.
No hay protocolo, ni diagnóstico, ni terapia que reemplace la energía de un adulto que vibra en coherencia con su niño interior.
El juego es biología y es fe.
Es cuerpo, emoción y energía trabajando en sincronía.
Y sí, la nutrición, la epigenética y la ciencia son pilares de mi trabajo.
Pero si me preguntas qué es lo que realmente transforma, te respondería sin dudar: el amor que se atreve a jugar.
Lo que se enciende, florece.


